VIOLENTO

Nunca las yemas de tus dedos se deslizaron por las cornisas de mi piel, ni de lejos. Aún así, fuiste violento. 

Arriesgadamente violento al olvidar arropar con ilusiones mis frías madrugadas en otoño. 

Extremadamente violento por no leerme los ojos, en ese par de ocasiones en que mis labios enmudecieron por puro cansancio. 


Descaradamente violento si no has sabido saborear sobremesas de vino salvaje y atardeceres acompañados por velas que se consumían con la prisa de un relámpago kamikace. 

Exquisitamente violento si no le pusiste olor a mi pelo, ni candado a mi recuerdo. Si no te diste cuenta del sabor que tiene un puñado de mis besos, si los guardaste en tu maldito armario, como el niño mimado que no tiene hueco para más zapatos.


Egoístamente violento si vagas por la estación, mirando de reojo cada tren que pasa a tu lado. Con ojos llenos y corazón vacío, ansioso por colgarte de cualquier mano.


Voluntariamente violento si te ahorcaste con una soga de indecisión y folios en blanco.


Violentamente cobarde....

BOFETADAS

No me grites, noche. Estoy cansada. Llego a estas horas y me he pasado la mañana vagando sola con un saco de bofetadas a cuestas.

Salí pronto, a las ocho, dejando tras de mí el eco de un portazo y una habitación llena de dudas escondidas en el armario. 

Los primeros rayos de sol curiosean entre mis pestañas y me impiden mirar a los ojos a cualquiera que encontró tres segundos para fijarse en los míos.

Camino rápido por las aceras, me quema el asfalto. Dos segundos en cada baldosa me resultan eternos. Pero intento no pensar en eso, hoy no, no hay tiempo. Dejé caer mi reloj por el hueco donde arrojo los malos inventos.


Empieza a llover y yo sin paraguas. Joder, bastante mojada tengo hoy el alma. La cobijo bajo toldos, portales y paradas de autobús forradas con vidas paralelas que desconocen cuanto te estoy contado.

 Es inútil, la tormenta no hace amago de marcharse, nos vamos a  mojar, ya te secaré cuando lleguemos a casa.

Más rápido que la lluvia y más vacío que la nada, se apresura a mojarme un chaparrón de preguntas que se clavan como dagas. "¿Por qué?", ¿Qué pasa?", "¿Estás bien?" y si fallo la respuesta, una bofetada.

No recuerdo a dónde iba, el saco pesa mucho y estoy mojada. Ojalá pudiera cerrar los ojos y aparecer en el armario, entre los jerseys de enero, atrincherada. 

Esquivo cualquier mirada caprichosa que me lee y me relee y me torna transparente, meto la llave en la cerradura y el ensordecedor ruído  de mis pies devorando la escalera se abraza al silencio que me espera en la entrada. 

Hacen el amor ante la inquina mirada de un manojo de lágrimas desarropadas y se acurrucan aquì, junto a mí, la noche y esta cabecita mojada.

OJOS

Y hoy son ese par de ojos los que me visten por los pies y me amordazan con la almohada.

Tic tac, tic tac. El segundero galopa a contracorriente y cuchichea secretos de madrugada a una esfera de cristal que se hace añicos a medida que llega el alba. Mírame,yo y esos ojos. Esos ojos y las ocho caras de un poliedro destartalado.

Ahora me levanto y camino sobre senderos imaginarios que se hilan en mi cuarto. Monto en bicicleta y zigzagueo por rincones llenos de margaritas hechas de pétalos algodonados. Oigo risas, tal vez pájaros, el cuchicheo de la sangre paseando por mis manos.

A la vuelta de un tronco mimado por ásperas caricias de hojarasca me topo con ellos. Ojos conciliadores, cómplices, me tienden la mano y mecen mis heridas en agua oxigenada.

Ahora aquí, en esta cama. Esperando al relámpago que estremezca a las farolas, suplicando un portazo que asuste a las pesadillas, anelando un susurro que me encoja el alma.

BALAS

Y… ¿qué pasa cuando una bala atraviesa tu pecho sin billete de retorno? 

Te desplomas en ese sillón de terciopelo violeta y suave, que contrarresta con tu arisco llanto. Te miras al espejo y ves a esa niña despeinada, con la mirada cabizbaja y la mano temblorosa aún sujetando el maldito revolver que te ha llevado a esa trágica película.

Hay juegos peligrosos. Horas y minutos kamikazes que con una palmada en la espalda te invitan a lanzarte al vacío.

Tarde de viento a favor en la que decides caminar en dirección contraria. Chocarte a tu paso con farolas, ojos indiferentes y corazones heridos. Te derrumbas en la primera acera que te salude y naufragas con ella hasta alcanzar moribunda alguna orilla de arena sumisa.

Aguarda a la próxima primavera, ahora sólo eres un libro releído, una margarita deshojada. Sólo una flor herida

CUENTA ATRÁS

Las dos de la madrugada. Una ventana abierta, unas cortinas que se cuelgan del cuello de un viento al que le gusta trasnochar y esa canción de Nirvana golpeando las paredes de la habitación.

Unas sábanas más libres que el grito que antes de volver a su boca, se traviste de eco desgarrado. Ese perfume que tantos días me ha acompañado a la puerta y con el que suficientes noches me he acostado. Una copa de vino que me arranca la lengua y me coge la mano.

Un revolver que yace en la mesilla, me mira de reojo, me desea, me apunta, me dispara…

Rápido, mírame a los ojos, emborráchate con ellos. Bébete mi mirada y escupe al suelo tu vergüenza. Ahora somos tres. Tú, yo y las agujas de ese maldito reloj que amenazan con dar una vuelta de 360 grados.

Ignóralas. Olvídate de cuanto te contaron, pierde la memoria, aprende en mis labios y dibuja en mi cintura.

Abrázame fuerte, tan fuerte que me hagas daño. Yo haré lo mismo.
Llévame contigo a la ventana, enséñame a olvidarme de la canción que desde hace dos horas lucha por no ahogarse en la saliva de un silencio necio y desagradecido. Llévame a la cama. Soñemos.

Cuéntame secretos que sepan a sangre y arrópame con mentiras indefensas que huelan a piruleta.

Refúgiate en mis brazos y confiésales las lágrimas que nunca salieron de los bolsillos de tu pantalón de sastre. Les haré un hueco entre las caricias anónimas y los sentimientos cifrados.

Queda poco, apenas 3 horas, mírame fuerte, duerme y si te vas por la ventana, no me despiertes.

Fue tan real…

EVA

Una puerta que nunca se abre y otra que en seguida se cierra de un portazo. Abrazos huecos que despiden los minutos, arrojándolos por el fregadero. Y al otro lado, esperan sentados abrazos sembrados de cálido trigo.

No hay palabras, tan solo miradas, litros de deseo desbocado que emprenden un camino vertiginoso hasta embestir unas rocas que se desvisten de lujuria.

Veneno que escuece, quema, hiere, anestesia, mortifica y a la vez, acaricia, ama, arropa, seduce, regala….

Labios entrelazados que murmuran secretos envueltos en saliva… Besos que forcejean con cada milímetro de una piel que agoniza en su intento por abandonar esos dos cuerpos simétricos.

Horas suicidas que antes de morir, acusan.

Olores arriesgados que acompañan en el trayecto de vuelta a casa. Y allí nada, una cama sedienta, una luna cómplice y un cajón con abrazos envenenados….

PUZZLE

Qué fácilmente sales de mi boca, sonrisa temeraria. No te da miedo adentrarte en la noche, surcar océanos 
profundos como tu existencia y frenar en seco ante cualquier muro de hormigón que te plante cara.

Quédate esta tarde en casa, tírate en el sofá, entre las revistas llenas de horóscopos descabellados y las almohadas que mullen tus sueños. No salgas fuera, no a este mundo de locos en el que no encajas.

 Eres mucho más que una pieza. Tal vez el paisaje en el que tanto cuesta enderezar las nubes, o el azul perfecto que viste ese par de ojos cristalinos; El puente levadizo sin el que ningún caballero podría haber asediado a su princesa y el girasol que más madruga para ser el primero en charlar con su querido sol.

ONCE MINUTOS


Princesita, ¿Por qué lloras?; No soporto ver esas lágrimas deambulando como vagabundas por tus mejillas rosadas. Me ahogo en sus senderos y me lanzo con ellas desde el precipicio de tu barbilla.

Dame once minutos. O diez y la mano. Ese es el trato.

Te sacaré de este mundo por la puerta de atrás. Nadie nos ve, hazme caso, coge mi mano con fuerza y ponte este vestido hilado de curiosidad y esperanza. Quítate los zapatos, no los necesitaremos, vamos a chapotear en demasiados charcos y a pisar unas cuantas nubes negras.

¿Qué te hizo llorar? ¿Fue una canción?; Tal vez una despedida, un cielo encapotado, una margarita deshojada o cualquier traspiés en una acera caprichosa.

¿Fue un beso?; O quizás un tren perdido, un horizonte titubeando en su trapecio o un corazón que olvidó las llaves dentro.


Dame once minutos e inventaremos una nieve que resista al malhumor de agosto y que vista a muñecos que sólo tú y yo veremos.

Dame diez minutos y te mostraré como la luna se emborracha de cielo hasta terminar juntos en la cama.

Dame nueve minutos y releeremos el final de tu cuento preferido.

Dame ocho minutos para secuestrar dos caballos de un tiovivo y perseguir caminos que se crucen, se separen y que mueran antes de llegar a un destino.

Dame siete minutos, cierra los ojos, y con acuarela roja te pintaré una sonrisa infranqueable.

Dame seis minutos para abrir ventanas donde solo hubo niebla y sembrar flores en tu alfeizar.

Dame cinco minutos y cantaremos tu canción en cualquier tejado para que solo puedan oírte los gatos y un par de canalones desalentados.

Dame cuatro minutos y si estás feliz, multiplicaré por tres sus doscientos cuarenta segundos.

Dame tres minutos y te enseñaré el secreto para contar el infinito.

Dame dos minutos y buscamos un escondite que cuando más te busquen, se vuelva transparente.

Dame un minuto y yo te doy una caja. Mete tus lágrimas, ya no te hacen falta. Ni siquiera recuerdas por qué llorabas….

ADIVINA, ADIVINANZA



Adivina, adivinanza…..

Es cuando te miran a los ojos y un soplo de ilusiones merodea por el jardín de tu alma. Cuando el día puede travestirse de noche y la noche de cualquier cosa. Cuando rozar su mano es izar la vela maestra de un barco e imponer el rumbo en un océano caótico y tintado de bravío oleaje.

Es cuando dar una patada a una lata oxidada a las diez de la noche en una calle vacía, se disfraza de aullido de lobo y pisa cauteloso cada tejado de la ciudad. Cuando escuchas cinco veces seguidas esa canción y dejarías de respirar por verla brotar de cualquier canalón acorralado por la lluvia. Cuando las horas se suicidan a medianoche y los minutos colgaron el cartel de “no hay entradas”.

Es cuando pronunciar un adiós duele más que la traición de una fría y desorientada puñalada. Cuando apagas el despertador de un manotazo para permanecer mañanas y mañanas en el mundo de los sueños. Cuando no ves lo que escuchas, ni oyes lo que miras.

Es cuando los atardeceres son dardos y los abrazos diccionarios. Cuando cada centímetro de piel es una avenida y cada tímido pestañeo, un pasajero habitual en el vagón hacia sus ojos.

¿Qué es…?

MÁSCARA


Hoy me miro al espejo, me lavo la cara y me enjuago las entrañas. No veo rastros de esa niña que daba vueltas y se enredaba entre las sábanas hace quince minutos.

En su lugar, dos ojos impenetrables, herméticos, se miran, se intimidan, pero no bajan la mirada.

Comienza el juego.

Busco entre los abrigos de enero y los guantes de febrero una máscara a través de la que mirar el mundo. Ahí está, esperándome, ansiosa, sedienta de mí.


Me viste, me envuelve, me acaricia y me oprime como el bozal a su perro.

Forcejeamos hasta que mis pies dejan de sentir el suelo. Toda la sangre en mis muñecas, y mi rabia inundando su boca.

Me hace el amor con besos audaces y caricias que queman, hieren y alivian cada herida abierta que se cruzan por el camino.


Me saca de paseo y mientras rompo el silencio caminando segura por los destartalados adoquines, siento su presión en el cuello, como una marioneta ante el roce de sus hilos o un caballo bajo el tirón de su correa.

Hoy no voy sola, no miro al suelo, no rehúyo tu mirada y no me distraen los cuchicheos.

Quiero hacerme notar, pisar por donde no puedan dejar de contemplarme y arrastrar las miradas por el suelo hasta hacerlas sangrar.

CAMBIO


Ayer, cambié los muebles de mi habitación de sitio. Donde antes estaba una cosa, ahora está la otra y viceversa. Todo un puzzle en apenas 10 metros cuadrados.

Algo parecido pasa con la inquilina que se aloja en el ático, encima de mis hombros. Esa cabecita, a veces alocada, otras sensata, por momentos distraída, pero siempre caminando por delante de la monotonía.


Cuesta darse cuenta de que hay algo que no encaja, quizás el color desafortunado de las cortinas, o esa mesa con la que siempre te tropiezas. Duele aceptar que lo que decoraste con precisión y mimo, lejos de hacerte sentir como en casa, te resulta, cuanto mínimo, ajeno.

Una mesa que no puede presumir de verte 20 minutos al día, una cama que en lugar de arropar tus sueños, los esconde bajo el colchón, una ducha que se lleva por el desagüe lágrimas rebeldes que siempre escapan cuando les da la gana y un espejo que te espera cada mañana, mendigando una sonrisa tímida, no obstante, eterna.

A veces, es tan fácil como percatarse de qué es aquello que desafina en la orquesta. Qué cuerda del violín es la que llora de forma insolente y se pasea desnuda y descalza en una noche tan desapacible.

Otras, basta con dedicarles un puñado de minutos a cada uno de tus "muebles". Colocar la sonrisa junto a la ventana, pasearla por cualquier callejón al que le sobran los segundos y le faltan los amigos para tomarse un café.

Sacudir la imaginación en el alfeizar, cerca de las estrellas y lejos del asfalto. Mover la indiferencia al rincón del fondo, donde están los zapatos sin tapas y ese vestizo que te hizo sentir princesa y del que no puedes desprenderte aunque ya no leas cuentos de hadas.

Cambiando y cambiando encontré un hueco para colocar un piano de cola. Él y yo, colgando de un universo sutil donde no necesito más para ser feliz. Tomo asiento, le miro a los ojos, con la tranquilidad de quien no necesita articular palabras para entenderse. Acaricio sus teclas y me dejo llevar por esa melodía arropada de lluvia que golpea la ventana y hace pacífico lo precipitado.

Me gusta la canción, ensayaré 10 minutos cada noche.....

SECRETOS


"El amor se encuentra cuando no se busca porque nace de la ausencia, no de la insistencia"

RAICES


Hoy no escribo sobre el eterno amor ni sobre la caduca luna llena. Tampoco sobre recuerdos y mucho menos sobre sueños por cumplir.
Hoy hablo de mí. De que me gusta el olor del incienso de mandarina y ver como el humo que desprende dibuja senderos caprichosos y libres, tan libres como el aire que surca.
Me entretiene juguetear con un mechón de mi pelo. Enredarlo en el dedo y jugar con un rizo eterno para después soltarlo por la ventana. Adoro el tacto de una manta sobre mis pies fríos mientras mis manos descalzas se agarran a un libro lleno de vidas e historias.
Me divierte pintar mis uñas de rojo y llevarlas de paseo por todos los rincones de esta pequeña caja de cristal. Enseñarles la cantidad de secretos que se reflejan en el río al caer el sol, los jeroglíficos que se dejan adivinar en las aceras o algún maniquí destartalado que me silba desde su exhibicionista escaparate.
Me gusta jugar a adivinar palabras escritas en mi espalda y más, no acertarlas, para que el juego no llegue nunca al final.
Me encanta que las mantas me devoren en invierno y esperar a que llegue el día para dejar entrar por mi ventana el bullicio de la Quinta Avenida, la melodía del Sena o la sombra del Faro de Alejandría.
Me relaja un beso en la nuca, una canción que deambule por las calles del soul y acariciar a un gato de ojos azules.
Me gusta cuando las lágrimas sinceras escapan a pesar de los intentos por enterrarlas y escuchar el taconeo de mi corazón por el pasillo, recorriendo toda la casa.
Me hacen sonreír las sonrisas de los niños con dientes descolocados y ojos vivarachos, las sonrisas de quien aun caminando solo por la calle, se acordó de aquel momento y los copos de nieve cuando dejan de lado su timidez y se aventuran a besar el asfalto.
Dicen que es difícil describirse, puede ser. Puede que resulte más fácil describir lo que te gusta y aún más, lo que no te gusta. Somos como un iceberg, como un árbol milenario....Sólo una parte se proyecta en los demás, dejando impresiones fugaces y pasajeras o en ocasiones, invitando a descender a ese mundo subterráneo para enredarse en las raíces.....

ADAGIO






Leo en el periódico que en Nueva Delhi, un tren ha descarrilado. Cuarenta y siete muertos y cien heridos. En Elche, una nueva víctima de la violencia de género. Treinta y pocos años y a su espera ya pocas primaveras. El Barsa, imparable y Sabina llenando más butacas que asientos los Lakers.
Escorpio, los ojos se me van inconscientemente hacia ese pequeño arácnido que me dice que mantenga los ojos abiertos, ya que tendré jugosas oportunidades profesionales y que en la salud gozaré de una semana tranquila. Miento, devoro los dos renglones que hablan del amor y los escupo en el tintero.
No me interesan. No hoy. Ni principes azules, ni amantes fugaces, ni paseos de la mano. Hoy no.

La claridad del día contrasta con el color del café que me llevan a la mesa. Me sirven la leche, echando de allí al color chocolate ilusionado por haber compartido esa tarde conmigo.

Doy las gracias, pero apenas escucho un susurro en forma de respuesta. La firmeza y seguridad de su pose contratacan aprovechando la flaqueza de dos ojos avellana que de no haber sido tan frágiles, habrían eclipsado cuanto allí había. ¿Habrá leído él también el periódico?. Tal vez discutió con su amante, quien le robó cuatro de sus seis horas de sueño o tal vez está cansado de ver desfilar tantos cafés cada mañana y de saber que hace meses no tiene tiempo ni para uno.
En la mesa de al lado, una pareja. Él, ojeando una revista de coches de ocasión y segunda mano. Ella, enreda y desenreda el hilo de la bolsa de te en la cucharilla, sin perder la concentración ni un sólo segundo. Si no fuera porque comparten mesa, se podría decir que nunca habían estado tan solos. No se hablan, no se miran, no se necesitan.
Acerco mis labios al borde de la taza. Me gusta quemarme, aún estando en Agosto.
La soledad hierve en mi piel, sólo quebrada por la aparición de un músico vestido con harapos que merodea la terraza de la cafetería. En sus brazos, acuna delicadamente un violín. Suena "Adagio".
Un mar de sensaciones baña mi cuerpo, me desnuda y me hallo desplomada en la arena de la playa.
Allí nada. El violín, yo y los ojos de ese humilde creador de ilusiones vistiendome de pleamar. La música enfurece a unas olas que pelean por llegar enteras al arrecife. Olas que se arropan con blanca espuma y se llevan a altar mar nuestros secretos.
Sigue tocando, yo seguiré con mi periódico. Nos vemos en la playa.